Chile: el reino que pudo ser

¿Por qué no supimos escuchar a Orelie Antoine de Tounens? ¿Por qué esa falta de perspectiva?
No nos engañemos, aunque el pobre de Orelie quería ser rey, y lo fue (rey de la Araucanía) no supimos leer entonces y quizás tampoco ahora, lo lejos que volaba su monárquica razón.
Se sabe que nació en 1825, hijo de padres campesinos. Quizás cuando vino al mundo – como Huidobro – su madre profetizó que sería rey. Y Orelie fue tras la profecía intuida lo mismo que el sediento tras un chuico oculto entre las quilas.
De su juventud poco se sabe, pero es fácil imaginarlo a orillas del Sena delineando mentalmente un palacio, o una Corte plagada de damas y de nobles. Flotaba en el ambiente europeo de entonces la extraña idea de reunir a las repúblicas hispanoamericanas bajo una confederación monárquica constitucional; el reino de Arauco bien podía ser una de ellas - debió pensar el futuro monarca (en nuestros días anda otro por ahí con un discurso parecido – bolivariano creo que le llama - pero esa es harina para otra empanada).
Nada de leso este Orelie. Puso su real ojo sobre la Araucanía en cuanto supo que los habitantes naturales de la región habían rechazado por siglos a las autoridades españolas y chilenas: “voila, c’est mon royaume” se le oyó decir alguna vez (creo) mientras estudiaba unos mapas.
Y del pensamiento pasó a la acción. A transformar el mundo se lanzó este francés apasionado, nuestro rey que no supimos comprender por falta de surrealismo, y por la excesiva sordera anti guachaca que predominaba en las elites de entonces (de posmodernidad ni hablar por esos años).
En 1860 Orelie inició un viaje desde el puerto de Valdivia hacia el interior, junto a un grupo de comerciantes franceses (se ha especulado incluso que vinieron los antepasados de Pierre Cardin y Coco Chanel).
Con la anuencia del cacique Quilapán pudo internarse sin problemas en tierras prohibidas para los chilenos, acompañado por un influyente intérprete de la lengua mapuche.
Imaginemos por un momento la travesía “kawellutu lemu” (a caballo por el bosque, en mapudungun) y la sorpresa de los mapuches al ver llegar a Orelie con su figura robusta y en traje de gran salón, cubierto con un poncho de lana bruta, teñida con palqui (si eso no es surrealista, nada lo es). “Este es de los nuestros”, estoy seguro que debió pensar Quilapán.
Muy pronto la labia del rey convirtió en realidad sus sueños - sin desconocer el rol del intérprete, su prosapia y su "addëngun" (correcto hablar). Como sea, Orelie encontró la forma de convencer a los mapuches. A un mes de haber llegado a territorio araucano decretó el nacimiento de la primera monarquía constitucional y hereditaria de la Araucanía. ¡Si señores!, en un mes constituyó un reino (el reino que perdimos) a partir de la palabra pronunciada y traducida al lenguaje de la tierra. Y fue más lejos: promulgó la Constitución de la monarquía y la difundió en los periódicos; envió cartas de aviso al gobierno de Manuel Montt; incluso anexó la Patagonia a su reino, fijando los límites entre el río Biobío por el norte, las costas del Pacífico por el este, la costa atlántica desde el río Negro al sur por el oeste, y el Estrecho de Magallanes por el sur. No anexó la antártica por problemas con el frío (sabañones, según atestiguan algunos biógrafos no autorizados).
Pero dejemos hasta ahí la historia que fue y pensemos en la historia que pudo, o que debió ser. Desde ya es necesario decir que no se trata de un simple llanto sobre la chicha derramada, como algunos han señalado irreflexivamente. Lo que intentamos es recuperar en espíritu la posibilidad de una auténtica realeza y de una aristocracia para nuestro querido país y para el inmenso pueblo guachaca y soñador (¡esa es cueca!).
Pensemos en el rey Orelie, por ejemplo, sentado en su trono de roble pellín con incrustaciones de luma (aquel habría sido un mejor destino para ese maravilloso árbol, en lugar de usarlo para agarrarse a lumazos).
Casi puedo verlo rodeado por su Corte, con ministros y altos dignatarios celebrando algún acontecimiento de la monarquía: los Quilapan, los Lemuñir y los Antinao, los Ayún y los Manquicheo (los Huilcaman no, por favor). Todos nobles vestidos con ponchos confeccionados a telar, confundidos en alegre charla, degustando piñones y charqui con queso camenber y brie, con sus buenos pencazos de mudai y cognac francés como bajativo por cuenta de la casa, mientras escuchan una orquesta con kultrunes, trutrucas, pifilcas y kunkulkahues.
Es un delirio, dirán ustedes, pero no. En el reino de la Araucanía los influyentes habrían sido mayoritariamente originarios. Imagino la sociedad chilena desarrollándose como un reino que se expande, pero con diferentes ideales de cultura y estéticos. Las “lolas” de la actualidad, las “pelolais” por ejemplo, tratando de verse más redonditas, más fornidas, las revistas de moda plagadas de modelos “etno-fashion” (hasta las siliconas serían diseñadas con otro “look”). Y qué decir de las pobres mujeres descendientes de los alemanes que hubiesen llegado despistadamente al reino, trabajando en “casas particulares” (todas las nanas rubias, sufriendo una especie de discriminación por el único pecado de ser rubias, altas y estilizadas). Se habría necesitado una ONG como la “Coordinadora Arauco-Sonthofen” para actuar en defensa de las minorías alemanas discriminadas.
Tal vez la gente común, aquella que más sufre con el veleidoso curso de la historia, se sentiría algo apocada por causa de su apellido de ascendencia inglesa, o española o vasca (que no es lo mismo, dicen).
Orelie, eso es seguro, habría insistido en enseñar el francés como segunda lengua obligatoria para todos los súbditos. ¡Qué maravillosas palabras pudieron haber surgido de la mezcla entre francés y mapudungun! “Mon amie” en mapundungun es “wenüy”, y en una mixtura lingüística habría sido quizás “mon anüy”. Perro, en francés, se dice “chien” y en mapudungun “trewa”, podría haber surgido el vocablo “chiwa” (esa palabra parece que le he oído por ahí). ¡Hasta se hablaría de joyas internacionales como el “trapelacouchet” francés!
Entre más pienso, más tomo conciencia de lo que hemos perdido, un ciudadano común y corriente de nuestros días, usuario del transantiago, podría escuchar a Carla Bruni en su lengua nativa. ¡Cómo no supimos comprender todo esto a tiempo! Los beneficios habrían sido múltiples; la farándula por ejemplo: no vamos a comparar el cotilleo tercermundista de nuestras “figuras locales” con el de la “real socialité”. Seamos serios por favor, si el reino de Orelie hubiese prosperado nuestra farándula habría sido un verdadero producto de exportación mediática y turística, y nos lo perdimos simplemente por falta de visión de largo plazo. Piensen en un titular que dijera “La infanta Cayupan da nuevos dolores de cabeza a su padre, el duque de Antillanca”. Y luego la “bajada” de título: “se la ha visto muy acaramelada en las discotekes con Auntú Neculñir, conocido seleccionado de palín”.
No digamos más, sólo reflexionemos con la mente y el corazón puestos en el devenir. Ahora que Chile enfrentará nuevos desafíos y decisiones, y que tendremos que elegir aquellas “autoridades” que conducirán al país y afectarán directamente nuestras vidas (también nos habríamos evitado esto), los guachacas surrealistas y posmodernos declaramos a los cuatro vientos y a los siete bares, que el chileno se merece su destino.



Salvo lo de "voila, c’est mon royaume"? que no lo entendí por no saber el idioma... genial.
Y lo de la ONG Coordinadora Arauco-Sonthofen es simplemente jocoso.
Por cierto ¿como metemos a un rey en una del transantiago? Después de todo, sigue siendo un Rey.
Quizás, y muy en lo personal, para mi el surrealismo no es solución, así como no lo es ningún rey, ya sea francés o araucano, el surrealismo se funó y lo visitamos cada tanto junto al punk y los abuelos, pero al igual que el Sid y la mermelada de la abuela, nos queda el sabor, nos queda el sueño, la imaginativa.
Y quizás con eso sea suficiente, después de todo, son tantas cosas las que se van, y tantas las que vienen, que no hay de que desesperar.
Como cuando encontraron ese olvidado mural de Matta, es un vaivén constante.
Y es en ese vaivén, que no es real; pero no es falso, donde Orelie continua reinando hasta nuestros día.
Gran escrito, saludos.
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Cuando el mundo tira para abajo es mejor no estar atado a nada – Charly García
Gracias por tus comentarios, han sido del agrado de todas las damas en la Corte de Orelie.
Un abrazo.
Digo yo.
Hemos dejado pasar las oportunidades. Ojalá no pase lo mismo con Farkas.
¿Cual raza?, si chile es multiracial, si la raza no tiene nada que ver con tu formación, con tu esfuerzo y educación, Farkas no es surrealista, el surrealismo no transformará a chile en un paraíso de gobierno (o reino).
El surrealismo es un calmante para los nervios, es morfina para el dolor. Sin receta.
No lo digo con el ánimo de molestar, es que creo sinceramente que el surrealismo tiene un lugar en el mundo, y el rey Orelie y el príncipe Farkas viven en ese lugar, que no es el nuestro, si los quitamos de contexto simplemente dejan de ser, no son más.
Y se va todo a la mier...
Eso, un punto de vista personal, saludos.
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Cuando el mundo tira para abajo es mejor no estar atado a nada – Charly García
olvide las tildes en qué y cuál... :P
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Cuando el mundo tira para abajo es mejor no estar atado a nada – Charly García
Por suerte el castellano (a pesar de Orelie) tiene menos tildes que el francés...
Cuando el mundo tira para arriba es mejor estar desatado – Garly Charcía
uando el mundo tira para arriba es mejor estar desatado – Guachacas Surrealistas en Red
jeje, sea como sea, siempre te va a pillar desprevenido.
saludos
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Cuando el mundo tira para abajo es mejor no estar atado a nada – Charly García
.... chiaaa..y cuando el mondo tirá loko ....así. ... pá ajo...é mejo.no tar ataó a ná pó!..........chiaa!