“Toda expresión en arte fuera de la Libertad y el Amor es falsa.” (Jacqueline Lamba)
“No niego que el amor tenga disputas con la vida; afirmo que aquél debe vencer y por eso elevarse a una conciencia poética tal de sí mismo que todo lo que encuentre necesariamente hostil se funda en la hoguera de su propia gloria.” (André Breton)
Junto a la poesía, la revolución, el sueño o la libertad, el amor ocupa un lugar privilegiado entre los mitos del surrealismo. El amor es una fuerza capaz de alterarlo todo, de trastocar los valores individuales o colectivos, de hacer añicos lo ya-sabido y transformar la vida, arrastrándonos hacia lo desconocido. Pero para que el amor adquiera este carácter convulsivo ha de liberarse de las ligaduras que lo atan, debe convertirse en el Amor absoluto, único, maravilloso, aquél que se sitúa por encima de cualquiera otra consideración, de la moral y de la razón pragmática, aquél que tiene su único sentido y fin en sí mismo. En este Amor reside, en potencia, un fragmento de la utopía, de la poesía realizada. Esta concepción surrealista del amor tiene en André Breton a uno de sus mayores exponentes, siendo quizás, de entre todos los surrealistas, quien con mayor ahínco lo buscó a lo largo de toda su vida. Y en su relación con Jacqueline Lamba se puede encontrar uno de los ejemplos más fascinantes de ese maravilloso Amor loco.
Breton conoció a Jacqueline Lamba en el Café de la Place Blanche el 29 de mayo de 1934.
Le llamó la atención aquella joven “escandalosamente bella” que escribía sentada en una mesa. Y se imaginó que el destinatario de lo que escribía era él mismo. Fuera del café decide abordarla y ella le confirma que lo que escribía era una carta para él, que debía haberle sido entregada por otra persona, lo que no sucedió. Lo cierto es que Jacqueline había acudido allí buscando aquel encuentro (era pintora y quería contactar con los surrealistas y su amiga Dora Maar le había dicho dónde se reunían éstos). El encuentro finalmente se había llevado a cabo, pero no de la forma prevista. Juntos pasean toda la noche por las calles de París y Breton queda fascinado por la forma de andar, de moverse y de hablar de aquella joven. Jacqueline era catorce años más joven que Breton, era huérfana y quería ser pintora, por lo que estudiaba en la Escuela de Artes Decorativas. Para ganarse la vida trabajaba en un music-hall, en el que llevaba a cabo un espectáculo consistente en nadar medio desnuda dentro de un gran acuario de cristal como si fuese una ondina. Ese doble carácter de ondina y mujer-niña atrae irrestiblemente a Breton. La imagen de la ondina es la de la femme fatale, la perturbadora que altera la vida del hombre, introduciendo el caos y el azar en ella. Pero el carácter de huérfana casi adolescente de Jacqueline conlleva también la imagen de la mujer-niña, de la “juventud eterna”, de la inocencia. Tiempo después de su primer encuentro, Breton cae en la cuenta de que éste había sido “predestinado” en un poema que escribió en 1923 (once años antes). El poema, titulado “Tournesol” (Girasol), contiene una serie de imágenes que Breton identifica con Jacqueline y con ese primer encuentro. Este “poema profético” pone en relación el amor con lo insólito, con la magia cotidiana y el azar objetivo.
Así lo dejó escrito en L’amour fou, libro que comenzó a escribir a principios de 1934 con la intención de analizar esa conexión del amor con lo maravilloso y lo subversivo, destacando las contradicciones y los impedimentos que se oponen a ese amor único y absoluto y cómo éste puede revelar una parte de “la riqueza inagotable de posibilidades futuras.”
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El encuentro con Jacqueline va a cambiar profundamente la vida de Breton y el contenido del libro que había empezado a escribir, que se convierte en un relato fascinante de ese amor que nacía, concretando el carácter total de ese “amor loco”, dándole forma y buscando en él la clave del amor único que es la búsqueda del Tú absoluto, de lo infinito. Pocos meses después de conocerse, en el verano de 1934, Jacqueline Lamba y André Breton contraían matrimonio. La pareja vive una historia de amor apasionada y apasionante, en la que no sólo hay lugar para lo maravilloso, sino también para la terca realidad. Se aman, pero el carácter tan fuerte de sus personalidades también hace que choquen y discutan. Jacqueline se niega a adoptar el papel pasivo de musa del poeta, de mujer-niña a la sombra del gran padre del surrealismo. Ella es pintora, es una creadora que necesita buscar por sí misma. Surge así un conflicto que se encuentra en la misma base del proyecto surrealista, un conflicto entre la enorme fuerza subversiva que los surrealistas atribuyen a la mujer y su reducción a un papel secundario en cuanto a la intervención activa en la tarea creativa y revolucionaria. Conflicto que no es tan simple como lo han quierido ver algunos y algunas (hasta el punto de negar el valor revolucionario y liberador también para la mujer del surrealismo, tachándolo de movimiento machista y homófobo), pero que, indudablemente, existió. Jacqueline y Breton siguieron juntos, superando las dificultades, tanto las personales como las colectivas, en una época conflictiva en la que se debía luchar a muerte contra el nazismo pero también evitar caer bajo las garras del estalinismo. En diciembre de 1935 nace su hija Aube, que ocupa un lugar privilegiado en la parte final del L’amour fou (el libro, empezado en 1934 no fue publicado hasta 1937) y a la que dedica la frase que cierra el libro: “Te deseo que seas locamente amada.” La II Guerra Mundial acaba por estallar y el avance del nazismo provoca que todos aquellos que se han destacado en su lucha contra el fascismo deban poner pies en polvorosa y ese es el caso de André Breton, calificado de peligroso anarquista. Breton y Jacqueline (junto a otros intelectuales y artistas) llegan a la Villa Air Bel en Marsella, refugio para muchos de los perseguidos por la Gestapo, donde conseguirán en 1941, con la ayuda del Comité Americano de Ayuda a los Intelectuales Refugiados, embarcar en un barco rumbo a la Martinica primero y desde allí a Nueva York. En la ciudad de los rascacielos (a cuya vida Breton no logrará jamás adaptarse) la pareja se distancia cada vez más. Jacqueline está cansada de Breton, ya no soporta que la trate como a una niña. En 1942 se separan definitivamente.
La historia de amor que comenzó en un café de París entre el surrealista que buscaba ansiosamente el amor loco y convulsivo y la niña que era más mujer de lo que pensaba y que con su intervención propició que el azar se concretase objetivamente y el poeta encontrase en él la señal de su encuentro, esa maravillosa historia terminó, pero el amor que se profesaron es un momento eterno, no se acabó con el fin de su relación, pues, como dijo Breton en L’amor fou, “Lo que he amado, lo haya retenido o no, lo amaré siempre.”


el amor siempre es loco, te pone en un estado único. Me encantó la historía.
Saludos
...como todo hombre, buscaba en la realidad, la fantasía.
Y como ha de saberse, la fantasía encandila.
Ese es el error en el que caímos todos los hombres, pero es que así somos.
Las musas también se mueven.
Saludos.
mmm k mal io tngo una historia d amor unika y pienso ser escritora para escribirla ya q es muy triste