El olvidado día en que Pablo Huneeus publicó "La Cultura Huachaca" jamás pensó (yo creo) que el título de ese libro tan aburrido iba a ser el comienzo de una polémica. La palabra "huachaca" escrita con "h", se asomó por primera vez a la vida pública y quedó flotando como esos comentarios sin mala intención, pero que luego no se pueden borrar. De ahí en adelante ha habido una pugna soterrada: la opción entre la "g" (originaria) y esa "h" advenediza que se metió a bailar (o mejor dicho la metieron) en una fonda que no debía, derivó en dos grupos que surgieron como primos hermanos, (algo así como la cueca chora y la chilenera), pero que tienen sus diferencias.
Los de la "h", por ejemplo (guachacas de corazón, que no se dude) tienen cierta timidez existencial; hay quienes sostienen que este grupo se siente mejor con la "h" porque es muda. Son guachacas "piola", buena tela, les gusta la mesa del fondo y los amigos de siempre. De risa fácil pero templada.
Los de la "g", en cambio, pertenecen a la corriente guachaca más pura, esa del "persa profundo", de la Estación Central, de San Pablo y Mapocho al interior, tributarios del Zanjón de la Aguada (antes de Zanhattan y lejos de ahí, obviamente). De risa estridente y talla gruesa.
Ambas facciones son urbanas, desde luego, pero es precisamente aquel enraizamiento en la cuneta, ese origen de callejón, el que descarta la "h" como corriente inicial de los guachacas: demasiado huara (por graficarlo de alguna manera), demasiado huilliche, huemul, huinca, hentelauquén, altamente rural eso de la "h" metida en el corazón del copihue. La "g", por su lado, es como de guarén, guascazo, gautapique, guatón, güergüero. De garganta seca, de guachalomo (supongo que a estas alturas, nadie comerá huachalomo, ¿o si?).
No se me malentienda, como chileno no tengo nada en contra de la "h" que se muestra orgullosa en el nombre de Chile (en donde no es muda, claro), pero eso no significa que andemos poniendo la "h" en cualquier parte, sobre todo si se trata de un lugar sensible.
El tema, como dicen ahora, "no es menor" y la discusión ha ascendido varios peldaños. El sociólogo chileno Wilson Hernández, radicado en Pittsburg desde hace algunos años, publicó en la prestigiosa revista The Ark of dreams, un artículo titulado: "guachacas chilenos y la posmodernidad". Con una prosa ágil y erudita, el estudioso señaló que "a la sombra de una pluralidad entronizada, la base social de lo guachaca ha terminado por asumir la "h" como un alter ego light", algo así como decir que, a estas alturas, da lo mismo.
Sin embargo, autores menos vanguardistas, entre ellos el connotado filólogo de la universidad de Malta, Prof. Dr. Martín Calderón (desaparecido y reaparecido cada cierto tiempo en extrañas circunstancias), discrepan profundamente de lo señalado por Hernández. Sin ir más lejos, en una entrevista concedida en Río de Janeiro al diario "O Canelo", señaló que: "a través de la palabra escrita es posible reconstruir la cultura que dio lugar a los textos y que subyace a ellos". Para Calderón, entonces, no es lo mismo comerse una paila de huevos que te cae como "patá en el hígado, que ingerir una paila de hígado que seguro te caerá como "patá en.."... bueno, la idea se entiende (es increíble como la filología te puede aclarar las cosas).
Pese a lo anterior, de ninguna manera consideramos que este artículo constituye la última palabra en el tema; más bien se trata de una invitación a participar en el debate de la ideas, y construir un concepto más sólido, más "pulento" por decirlo de algún modo, que represente de manera fiel lo realmente guachaca.
Gamaliel González Gómez
Gerente General de Gente Guachaca (Ltda.).

Contra todas las costumbres y tradiciones prefiero Washaka.
Parece mas extranjero.Eso le da más categoría. No tan chileno ni tan guachaca. Onda cool
¿Me explico?